viernes, 22 de junio de 2012

El cuento: origen y desarrollo (126) por Roberto Brey


126

Ahora le toca a la China

Si bien la literatura de China no tiene los antecedentes de la surgida en la Mesopotamia (ver capítulo 115), algunos estudiosos dicen que las tradiciones orales semi literarias provienen de 3.000 años atrás. Tampoco es posible considerar “literatura”, como algunos insinúan, a los primeros escritos en huesos y caparazones de tortugas, posteriores al siglo XIV a C. Aquellos, más que la transcripción de un lenguaje oral, fueron los primeros intentos por trasladar gestos y sonidos guturales, a partir de necesidades concretas.

Muchas de las leyendas de épocas antiguas consideran a la escritura como un regalo de los dioses, cuando en realidad quedó establecido que la creación de la escritura moderna es producto de un largo proceso (de más de 5.000 años) debido al esfuerzo del hombre por poner por escrito, de la manera que podía y de acuerdo a las diferencias culturales de cada lugar, todo aquello que procuraba conservar de su grupo, particularmente la descripción contable de sus pertenencias. De alguna manera surge de una ‘necesidad’ práctica por encima de cualquier ‘deseo’ de entretenimiento o de placer estético o artístico.

Mal podríamos tampoco diferenciar por la escritura un determinado nivel de desarrollo en algún pueblo (ver capítulo 111). En algún momento Jean-Jacques Rousseau (1673-1712) planteó este tema al considerar las diferencias entre tres maneras de escribir: la que describe ideas, como los jeroglíficos egipcios y los glifos aztecas; la que representa proposiciones por medio de caracteres, como la china; y las palabras compuestas por un alfabeto. En su “Ensayo sobre el origen de las lenguas” de 1817, Rousseau explica:

“Estas tres maneras de escribir responden con bastante exactitud a tres estados diferentes bajo los cuales se pueden considerar la naciones constituidas por los hombres. El dibujo de los objetos corresponde a los pueblos salvajes; los signos de las palabras y de las proposiciones a los pueblos bárbaros; y el alfabeto a los pueblos civilizados.”

Es evidente que esta visión es no solo discriminatoria, sino también equivocada.
Dos siglos después, Claude Lévi-Strauss (1908-2009) relata una anécdota de cuando fue profesor de la Universidad de la Sorbona de París, en una cátedra que se llamaba: “Religiones de los pueblos no civilizados”, a la que dispuso cambiar de nombre para no ofender a sus alumnos; eligió el de “Religiones de los pueblos que no cuentan con escritura”, con lo que al decir del ya mencionado estudioso Luis-Jean Calvet, cae en una utilización de los términos “no civilizados” y “sin escritura” como sinónimos.

Al principio se hacía mención a que en la antigüedad se percibía a la escritura como un don, un regalo, y  no como el ingenio de los hombres desarrollado y perfeccionado a través de miles de años. Y es bueno señalar que esta convicción existía también en China. Según el célebre Shuo wen jie zi de Jiu Chen,  publicado en el siglo I de esta era, fue Chan Ji, enviado de Huang Di (el “dios amarillo”), quien en el siglo XXVI a. C., se inspiró en las huellas de diversos animales para inventar una escritura a partir de las diferentes marcas que dejaban. Esto en China, con esa escritura. Si pensamos en otras regiones con otros mitos, vemos que los dioses son diferentes y tienen variadas maneras de inventar las diversas formas de escritura, de las que se valió antes y que sigue utilizando el hombre hoy.

En la China Primitiva

Muchos estudiosos hablan de escritura clásica que, como se dijo antes, no es lo mismo que literatura. Este período se extiende hasta principios de nuestra era, y esa escritura fue extendiéndose hacia territorios vecinos, fundamentalmente como difusora del budismo. En realidad, una versión del budismo, que ya en años anteriores se había introducido en China desde la India. Claro que, tenía sus diferencias. Como cuenta Calvet, además de los textos base: los sutras (especie de aforismos dictados por Buda) y las obras de metafísica traducidas al chino, el budismo chino contaba con biografías de monjes, comentarios, glosas, etc., escritos directamente en chino. Al extenderse estas obras por Corea, Vietnam, y luego Japón, no sólo se propagaba la religión, sino también la escritura, que fue adaptándose luego en cada país. Hablamos ya del siglo III en adelante, de nuestra era.

Es conveniente señalar acá que la escritura en China significó también un paso importante para entenderse mejor en  medio de la diversidad lingüística que la caracterizaba. Aún en esta época se hablan una cincuentena de lenguas minoritarias, por parte de un 5% de la población (lo que representa para la actual China nada menos que 52 millones de personas). Además de ellas, según determinó el especialista Maurice Coyaud en 1969, existen las lenguas mayoritarias que son siete. Seis pertenecientes al sudeste y otra, el mandarín, compuesta por tres dialectos. 

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martes, 19 de junio de 2012

Anton Chejov: “Cuaderno de notas”,


La editorial La Compañía publicó hace un par de años “Cuaderno de notas”, del escritor ruso Anton Chéjov. No se trata de algunos de sus magistrales cuentos, tampoco de alguna de sus admirables obras de teatro. No, es una recopilación de los cuadernos de notas que el creador llevó hasta su muerte en 1904.
No son cuentos breves, ni  reflexiones sesudas sobre la vida y los lugares que visitaba. Sólo se trata de su visión sobre las personas, las cosas y los lugares que visitaba. Detrás de ellas se descubren argumentos, observaciones, que tomarán vida seguramente en algunos de sus personajes. Para los conocedores de su obra será un placer descubrir sus antecedentes, o los pequeños incidentes que lograron hacerle crear esos momentos sutiles y efímeros de los que todo lector disfruta en sus páginas. Él, en esas líneas, casi siempre breves, descubre el alma de su pueblo, sus costumbres, su pensamiento, su manera de ser… Habla de sus hijos, de los escritores que frecuentaba, de los que admiraba. Y el lector termina apasionándose por esas observaciones aparentemente sueltas como si fuera una novela de la que no es posible desprenderse hasta llegar al final.

La escritora Vlady Kociancich realiza una introducción, que es en realidad una admirable confesión de amor eterno. Define al estilo chejoviano como: “un humanismo sin ilusiones pero piadosamente humano, con individuos en trance de perderse no por grandes ideas ni grandes decisiones, sino por esas cosas de la vida. Su estilo, breve, rápido, libre, es la ambición vigente.”

Otro escritor prestigioso, Leopoldo Brizuela, tradujo los cuadernos y escribió el posfacio, donde relata algunas alternativas de estos textos desconocidos en nuestro país, y explica: “El lector encontrará a Chejov mucho  menos en los deliciosos hechos narrados que en la mirada, que supo entender su importancia más allá de la nimiedad aparente…”
Porque la vida es así, como la mira y la describe  Chejov, sin luces, apagada, con seres que se ven presos de situaciones que los superan y que no saben cómo resolver. Pero hombres y mujeres descriptos con infinita piedad, con cariño y con humor sutil, en sus deseos de obtener lo que no pueden, esa felicidad que se les escapa de las manos…

Una última muestra de ese estilo queda impreso  en el cuaderno:
“Un joven tímido, que ha llegado de visita, se queda a pasar la noche; de pronto una vieja de 80 años entra con un tubo para hacer enemas y le administra una; él, diciéndose que ha de ser la costumbre de la casa, aguanta sin protestar; al otro día se da cuenta de que la vieja se equivocó”.

Antón Chejov nació en 1860 y murió en 1904, a la tempranísima edad de 44 años, víctima de la tuberculosis. La última humorada de la vida fue ya en su muerte, cuando el ataúd con sus restos llegó a la estación donde lo aguardaban sus admiradores, en un vagón frigorífico que habitualmente transportaba ostras. La multitud que lo aguardaba se fue por error tras el cadáver de un general fallecido en combate y que llegaba en esos momentos. Mientras los admiradores de Chejov se asombraban de que fuera enterrado al son de una marcha militar, sin saber que el enterrado era el militar, una reducida comitiva, compuesta por oficiales y camaradas del general seguía los verdaderos restos de Chejov creyendo que eran del general.
Chejov escribió cuentos como La estepa, La cigarra, la famosa: La dama del perrito; y obras como La Gaviota, Tío Vania, Tres hermanas, El jardín de los cerezos. Sus escritos inspiraron decenas de películas y sus obras se siguen interpretando en todos los teatros del mundo.

Editorial La Compañía
186 pág. $65.

R.B.

viernes, 15 de junio de 2012

El cuento: origen y desarrollo (125) por Roberto Brey


125

Literatura árabe (continuación)

Cuentos

Según González Palencia, en su Historia de la Literatura Arábigo-Española, existen infinidad de cuentos medievales sacados de Las Mil y una noches, como “Clemades y Claramunda”; “Historia del mancebo que vivía en Córdoba”; “El lazo, el pájaro y el cazador”; “El alcazar de oro”; “La ciudad de latón”, etc. Todo ello probaría que la colección circulaba en España mucho antes de la traducción de Galland (ver Cap. 123).

Incluso varios autores señalan que son muchos los cuentos de Las Noches que se ven reflejados en la literatura española, como el de los amantes que mueren de dolor, como “Los amantes de Teruel”, o el mismo Cervantes que utiliza uno de ellos en su obra “El viejo celoso”, o “El retablo de las maravillas” repetido por Don Juan Manuel. O la leyenda que inspiró a Zorrilla en sus “Recuerdos de Valladolid”, sacada del cuento “La justicia de Dios”; y varios que se encuentran en “El Decamerón”.

Las 1000 y una noches, dice Gómez Renau,  es “erótica, estética, descriptiva, retórica y mágica que contiene cuentos picarescos y descocados, llenos de un sentimentalismo remilgado, y una obscenidad cruda (…) en ella están retratados, con gran realismo la picardía y la malicia humanas, porque la realidad de Las Noches es cruel: califas que deciden crucificar a sus visires por cosas nimias, cortar las manos a los ladrones y después cauterizarles el muñón con agua hirviendo; se castra a los eunucos por doquier, se rebanan orejas, a las mujeres se las azota, son pateadas, degolladas, narcotizadas, raptadas, esclavizadas. Pero al lado de todo eso aparecen historias de gran amor, donde se recogen todas las clases de amor a través de la cultura árabe.
Hay en esta obra panes machistas pero también feministas, ya que la heroína de las Noches es una mujer elocuente e intrépida, aunque en un mundo misógino y sexista y que según Vernet se debe a la cultura de Indochina donde era una sociedad fuertemente matriarcal.
A través de todos los cuentos podemos percibir toda la cultura de Oriente: relatos de caballería, cuentos ejemplares y didácticos, fragmentos esotéricos y místicos, es decir todo lo que encierra la literatura de adab del mundo árabe.
Concluyendo, la sola mención de esta obra nos evoca un mundo de magia y fantasía y ese aspecto si se lo debemos a Galland que aunque no fue muy fidedigno en su traducción, resaltó los aspectos más fabulosos de la obra.”

La influencia de los cuentos orientales no se acaba en el siglo XIII y XIV ya que más adelante aún se encontran vestigios en escritores españoles, como el que aparece en uno de los cuentos más populares de la literatura española: De lo que conlescio a un omne que por pobreza et mengua de otra vianda comia altíamuzes” de D. Juan Manuel y que posteriormente utilizó Calderón en su obra La Vida es Sueño. Se buscaron las fuentes de este cuento en la literatura clásica y medieval pero no se tuvo éxito hasta que –informan los investigadores- el insigne arabista Femando de la Granja encuentra su calco literal en una historia arábigo-española del siglo X: Al Mugrib ji2 hillá /-magrib del autor árabe Ibn Sa’1d Ibn Sa’1d. Es tema de un episodio autobiográfico de ‘Abd al Rahmán al Qanázi’T inserto en una obra perdida de Ibn Ba~kuwal y recogido por Ibn Sa’td en la obra autobiografica antes citada.

La traducción del cuento es la siguiente: “Dijo (Al Qanázil): Estando en Egipto presencié la fiesta con las gentes que se marcharon a comer lo que tenía preparado, mientras yo me dirigía al Nilo. No tenía otra cosa para romper el ayuno que unos pocos altramuces que me habían sobrado en un pañuelo.
Descendí a la orilla y me puse a comerlos y a arrojar las cáscaras a mis pies, diciendo para mis adentros ¿habrá en Egipto, en esta festividad alguien en peor situación que yo? Pero apenas levanté la cabeza vi ante mí a un hombre que recogía las cáscaras de los altramuces que yo tiraba. Comprendí que aquello era un aviso de Dios -honrado y ensalzado sea- y le di las gracias.

¿De dónde pudo haber leido D. Juan Manuel este cuento?, pues aunque parece ser que sabía algo de árabe es improbable que conociera bien el clásico.
Bien pudo habérselo traducido un moro bilingüe, o pudo pasar en latín o romance a algún libro que no ha llegado a nosotros. Sabemos que muchas obras de la literatura árabe fueron destruidas, pero las historias corrían de boca en boca, y eran relatadas oralmente por algún juglar.

Pero donde el cuento alcanza su máxima consideración y difusión es con Calderón de la Barca:

“Cuentan de un sabio que un día
tan pobre y mísero estaba
que sólo se sustentaba
de las hierbas que cogía
¿Habrá otro (entre sí decía)
más pobre y triste que yo?
y cuando el rostro volvió
halló la respuesta, viendo
que otro sabio iba cogiendo
las hierbas que el arrojó”.

Esta versión de Calderón es más aproximada a la del cuento árabe que la de D.Juan Manuel. En la obra de este último el protagonista es un rico venido a menos y en la de Calderón, al igual que en la de Al Qanazi’T, es un sabio. Don Juan Manuel conserva los altramuces y en cambio en Calderón, son hierbas, lo que podría ser, según E. de la Granja, porque la palabra altramuces era muy larga para encajar en un octosílabo.



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miércoles, 13 de junio de 2012

Sangre en el ojo de Lina Meruane


Esta semana leímos una inquietante novela, que tiene la virtud de despertar sentimientos escondidos, que explora fobias enterradas en el inconsciente, escrita con la maestría de un clásico y con la intrepidez de la juventud.

Lina Meruane, su autora, es muy joven, nació en 1970 en Santiago de Chile, es cuentista, novelista y ensayista. Tiene un libro de relatos, Las infantas (1998, reeditado en 2010 por Eterna Cadencia); novelas: Póstuma (2000), Cercada (2000) y Fruta podrida (2007); además de cuentos publicados en diversas antologías y revistas de varios países.  Becada, premiada, enseña Literatura en la Universidad de Nueva York… El éxito le sonríe y se lo merece.

Lo demuestra su última novela, Sangre en el ojo, reciente publicación de la editorial Eterna Cadencia, donde desarrolla muchas de las virtudes que se pueden leer en sus anteriores obras.

La novela cuenta una historia trágica: la llegada de la ceguera, posiblemente permanente, debido a una enfermedad que se fue desarrollando en su cuerpo y que no se puede evitar, y que estalla en el comienzo mismo de la narración. La enfermedad, junto a un desenlace tan terrible que puede cambiar toda su vida de escritora, y de mujer, le plantea a la protagonista una trasformación muy grande de su vida.

El minucioso detallar de sus pesares, de sus angustias, la relación con su pareja, la vuelta al seno familiar desde Nueva York, donde se produce el estallido sangriento que cubrirá su visión, hasta su Chile natal y la vuelta para la cirugía, incierta en su resultados finales, se produce con una admirable profundidad y con un lenguaje que parte de la ceguera para describir sentimientos, paisajes, y hasta las más oscuras perversiones de la mente.

Inquietante, inesperada, la historia, entre ficcional y autobiográfica, enfrenta al lector con sus propios temores, con la ambigüedad de los sentimientos, con las miserias y las ambiciones que posiblemente todos llevamos dentro, y nos arrastra casi sentirlo, en medio de una narración precisa, hacia un final de cuento, por la firmeza con que golpea, empujando hacia un camino inesperado.

R.B.

Editorial Eterna cadencia
176 págs.  $ 72

viernes, 8 de junio de 2012

El cuento: origen y desarrollo (124) por Roberto Brey



Ilustración de una maqama S. IX.
124

Literatura árabe (continuación)

Adab y Maqama 

La palabra árabe usada hoy para literatura es adab, que deriva de una palabra que implica matices de cortesía, cultura y enriquecimiento personal. Es considerada entonces una ciencia profana basada en la poesía, oratoria, tradición histórica, retórica, gramática, lexicografía, métrica, etc.; en realidad es la suma de conocimientos que hacen al hombre educado.

Para Mar Gómez Renau el adab comprendía una serie de obras  “que se llamaron ‘collares’ y culminaron, como forma suprema en las ‘makamas’ que (en los siglos IX y X) tuvieron gran influencia en los escritos de prosa andaluces”.
El término en sí fue evolucionando con el correr de los años, reflejando una literatura más elitista, para llegar a una cierta limitación de amenidad, hasta finalmente alcanzar el sentido de literatura en general utilizado en nuestros días.

Según el arabista español Juan Vernet Ginés, el género narrativo de las maqamas se caracteriza por el carácter divertido de los relatos, por la combinación de verso y prosa rimada, y por la abundancia de recursos estilísticos.
“Este género tuvo su origen en el ambiente provocado por la fragmentación del imperio abbasí a partir de mediados del S. IX. Los soberanos locales y las personas importantes procuraron imitar las tertulias científico-literarias de la corte y escucharon con agrado los chismes y anécdotas que sus huéspedes les contaban y que muchas veces estaban protagonizados por personas -de vida fácil- que, por esa época, estaban ya agrupadas, según sus especialidades, en verdaderas cofradías regidas por un jefe (gitdi) que tenía autoridad para zanjar las querellas surgidas entre sus subordinados. Entre estas cofradías descuellan las de los mendigos y los místicos, no mal vistos por la alta sociedad, que se reía de sus picardías, bufonadas e ingenio”. (cfr. la historia del tercer hermano del barbero en Las mil y una noches, noche 32). http://es.wikisource.org/wiki/Las_mil_y_una_noches:59

Un buen ejemplo es una maqama sobre el almizcle, que se propone comparar diferentes perfumes, pero que al final es una obra de sátira política en la que se compara a diferentes candidatos. La maqama hace uso también de la doctrina de badi, esto es, añadir deliberadamente complejidades para poder demostrar la habilidad del escritor con la lengua. Se trata de una forma muy popular de la literatura árabe que llegó a ser una de las pocas formas que continuaron siendo escritas durante el declive de lo árabe en el siglo XVII y XVIII.
Género literario propio de la literatura árabe desde la cual pasó a otras, como la persa, la hebraica y la siriaca. Consiste en una serie de narraciones breves, independientes unas de otras, que tienen un mismo protagonista.

Las historietas que de estos granujas se contaban fueron centralizadas, en cierto momento, en torno de una figura principal, generalmente un gorrón y pícaro a la vez, a la cual se atribuyeron toda una serie de chistes y anécdotas, tal y como ocurre hoy con los cuentos de Yehá en el folklore árabe, turco, italiano o los de Otto y Fritz en el español, etc. Estas historietas no tenían otro nexo que la figura del protagonista, y estar escritas en un árabe clásico impecable, en prosa rimada y con frecuentes incrustaciones en verso. Así nació la maqama (sesión, tertulia, descanso; esta última palabra se emplea en el Marcos de Obregón).

La maqama reúne en sí dos rasgos que aparecen en la prosa corriente: 1) donde el protagonista (beduino, vagabundo o anciano), se encuentra por azar con gentes pudientes, que se admiran con su elocuencia en prosa rimada (say'); y 2) la insistencia por parte del protagonista en predicar las buenas costumbres y la moral más estricta aunque él sea un sinvergüenza. Ese tema y con el mismo nombre es introducido en España por lbn `Abd Rabbihi (m. 940) y se encuentra en toda la literatura árabe.
Pero el primer testimonio escrito lo constituye la obra de al-Hamadáni (V), que tuvo un éxito extraordinario y fue objeto de innumerables imitaciones. Ibn Nágiyá (m. 1092) compuso una serie en torno a distintos narradores y pícaros; gramáticos, teólogos y místicos emplearon estos cuadros para enmarcar algunas de sus producciones. Así, el teólogo Algacel, el filólogo Zamajsari, el místico Suhrawardi, el polígrafo Ibn al Vawzi y muchos otros.

Sin embargo, siempre según Vernet, quien le dio su forma definitiva a la maqama y la vació de todo interés temático, sacrificándolo en aras de una lengua artificial, fue al-Hariri, un filólogo que encerró en su colección las palabras más raras y las construcciones más exóticas de que dispone la lengua árabe. Este nuevo estilo, en que la forma predomina sobre el fondo, tuvo muchísimos imitadores. Algunos de los continuadores de al-Hariri introdujeron nuevos desarrollos: en temas amorosos; en un diálogo o polémica entre flores u objetos simbolizando cualidades opuestas, etc.

Los últimos literatos que han utilizado la maqama son Násif al-Yáziyi (m. 1871), en cuya obra (La confluencia de los dos mares), 1856, saca a colación los inmensos conocimientos que tiene de la lengua árabe, y al-Muwaylihí (m. 1930), quien en 1907 pareció que iba a renovar el género revitalizándolo al prescindir de la obsesión estilística predominante desde la época de al-Haríri. Pero este resurgimiento fue fugaz, ya que las generaciones jóvenes, educadas en Occidente, se sentían cada vez más inclinadas a un género literario desconocido en su sentido moderno en el mundo árabe: la novela.


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martes, 5 de junio de 2012

EL FESTÍN DE LA TÍA BIENVENIDA


I
   -Será mi fiesta de despedida.
   -¿Despedida de qué, tía Bienvenida?
   -De la sociedad, de la vida.
   -No pensarás suicidarte...
   -¿Suicidarme? ¿A qué gastar en veneno, o en pólvora? A mi edad, la muerte viene de balde.
   La Tía Bienvenida había llegado a la conclusión de que había ya vivido lo suficiente. Los años le pesaban; sus relaciones con la sociedad de aquella villa habitada por gente de alto copete, habían raleado. Sus viejos amigos, o habían muerto, o se hallaban impedidos. Estaban también los que habían cortado relaciones a causa de lo intratable que en ocasiones y con cierta gente que no era de su agrado, mi bendita tía se mostraba.
   -Me gastaré unos cuantos doblones en un banquete y fiesta. No te amurries, sobrino, no quedarás en la estacada: Tengo resto.
   Referíase doña Bienvenida, viuda y sin hijos, a que yo estaba designado por ella su heredero universal en un testamento ológrafo.
   -Habrá viandas y bebida de calidad, y una orquesta.
   Se puso, sin más, a disponer lo necesario para aquel festín con que, según decía, la anciana dama se quería despedir del mundo.

II
   Me encomendó  encargar la impresión de las tarjetas de convite; contraté la tarea con la mejor imprenta del lugar: se emplearía papel de culebrilla ahuesado, y se utilizaría letra cortesana de molde. Ella firmaría al pie con su letra bastarda clara, firme aún, de caracteres añejos propios de alumna de colegio de ursulinas. Se enviarían a las principales familias de la villa, dignidades eclesiásticas, figuras políticas. Con todos ella había tenido trato en épocas de mayor lustre de su casa; desde hacía unos años, al paso que la edad la había ido agobiando, esas relaciones se habían enfriado y reducido a la mínima expresión.
   Se compraron bebidas de marca; se contrató en la mejor cocina de la comarca la provisión de las viandas. La pobre había dado un valiente pellizco a su bolsa.

III
   Arribó el gran día. En la casona ancestral, antañona y de una moderada elegancia, todo estaba apercibido: las mesas, las viandas, las bebidas, los mozos y lacayos, las luminarias, la orquesta.
   Llegó la hora. Pero, ¡cosa extraña!, hasta ese momento ningún convidado se había presentado en el lugar. ¿Era posible que todos fuesen impuntuales? La cosa se fue agravando: Media hora después continuaba sin llegar nadie, y al cumplirse la hora de espera, la situación no había variado. Era, sin duda, un caso raro. ¡Ni siquiera el envío de alguna excusa, la alegación de un impedimento, de un imprevisto por parte de alguien que, al no poder, o no querer asistir, quería, por lo menos, no quedar mal!
   No se presentó nadie; nadie se excusó. Mi tía estaba desolada. La hora del convite había sido fijada para las ocho de la noche; a las doce mi tía dio por concluido el no celebrado festín. ¿Era posible semejante desaire? ¿Que la sociedad de la comarca en pleno le demostrase así su desprecio? ¿Que ni siquiera una persona hubiese asistido, que ni una siquiera se hubiese excusado? Repartió lo que pudo de vituallas y licores; su parte tuvieron criados y músicos. Lo sobrante lo mandaría al día siguiente al orfanato y al asilo de ancianos.¡Cuánto gasto para nada! Se despidió de mí, y me fui a mi casa. A Emerenciana, la criada que vivía con ella y la atendía, le dio licencia para que se recogiese.
   Candil en mano, melancólica y contrariada, comenzó a subir la escalera que la llevaba a su alcoba. Entró en ella; extendió el candilero, colgó del garfio el candil de tres luces, y se dispuso a despojarse para acostarse. Al abrir un cajón de la cómoda, descubrió, cuidadosamente apiladas, todas las invitaciones: ¡Se había olvidado de enviarlas!

Francisco  Vázquez

viernes, 1 de junio de 2012

El cuento: origen y desarrollo (123) por Roberto Brey


123

Literatura árabe (continuación)

Bagdag: centro literario
A finales del siglo IX, Ibn al-Nadim, un librero de Bagdad, compiló una obra crucial para el estudio de la literatura árabe: Kitab al-Fihrist, un catálogo de todos los libros a la venta en Bagdad. Esto, más allá del significado que haya tenido en su momento, visto hoy ofrece al estudioso un panorama imprescindible sobre el estado de la literatura en la época.
Durante el Califato Abbasí, se utilizó mucho la compilación. Hechos, ideas, historias instructivas y poemas, fueron objeto de colecciones que trataban sobre un tema en particular. Y como con la poesía, los temas iban desde los referidos a la casa, el jardín, o los animales, hasta las que trataban de las mujeres, los ciegos, la envidia, la avaricia y toda clase de inquietudes del momento. Las compilaciones escritas por al-Jahiz, reconocido maestro del género, fueron de gran importancia para todo nadim (palabra con que se designaba a todo buen conversador), una especie de  asistente de los  nobles, que tenía por misión acompañarlo con historias ilustrativas y variada información, útil tanto  para entretenerlos como para aconsejarles.
Es conocido que la literatura árabe abordó en forma frecuente el tema del sexo. El ghazal, o poema de amor, tiene una larga historia, en la que el sexo aparece tanto en su vertiente tierna y amorosa, como en otra, abiertamente explícito. En la tradición Sufi el poema de amor podía tener una importancia mayor, entrando en lo místico y religioso. Se escribieron también manuales de sexo, como es el caso de El jardín perfumado, Tawq al-hamamah de ibn Hazm (1535) y Nuzhat al-albab fi-ma la yujad fi kitab (Placer de los corazones que nunca se hallará en los libros) de Ahmad al-Tifashi. Entre estas obras, se encuentra también una como Rawdat al-muhibbin wa-nuzhat al-mushtaqin (El prado de los amantes y de la distracción de los encaprichados) de ibn Qayyim al-Jawziyyah, que advierte cómo separar el amor de la lujuria y evitar el pecado.

Las mil y una noches
Aquellas compilaciones iniciales del siglo IX, fueron puliéndose, perfeccionándose con el correr de los años, en especial en la escritura. Aquí hay que distinguir entre la lengua común (al-ammiyyah) y la lengua culta (al-fusha). Esta última utilizaba la escritura y mantenía aquellos objetivos ya mencionados sobre la mejora y educación de la persona, antes que el entretenimiento. Pero esto no restringió el papel del hakawati o contador de historias, que retendría las partes más ligeras de las obras serias o algunas de las muchas fábulas o cuentos populares árabes que normalmente no se ponían por escrito.
La culminación de esos procesos daría lugar a la literatura de ficción árabe, representada en Las mil y una noches, que no solo es la obra más conocida sino la que aún ejerce más influencia hasta hoy en la representación de la cultura árabe, para los que están fuera de ese mundo.

(El motivo central de la obra es la historia de un rey de Persia, que mataba a sus esposas tras la noche de bodas. La ingeniosa Sherazade consigue demorar su muerte durante mil y una noches, en el transcurso de las cuales le cuenta al soberano una infinidad de relatos y así salva, al final, su vida).

Aunque en un principio fue considerada en Occidente como árabe, la obra tiene un origen persa y las historias, por su parte, pueden tener sus raíces en la India. Un buen ajemplo de las carencias en ficción de la prosa árabe es que las famosas historias de Aladino y Alí Babá, habitualmente conocidas como parte de Las mil y una noches, no lo fueron en realidad en origen. Se incluyeron por primera vez en la traducción francesa de la obra por Antoine Galland (1646-1715) quien las había oído contar por un cuentacuentos tradicional y que solo existían antes en manuscritos árabes incompletos. Simbad, por su parte, sí forma parte de la obra.

Es mucho lo que se dice de esta famosa obra: una es que todos hablan de ella pero que pocos la han leído. Por ejemplo, una leyenda del siglo XVIII señala que todo aquel que la leyera completa moriría. Tal vez tenga algo que ver que la obra completa se considera que consta de 3.000 páginas, escritas con letras pequeñas y apretadas.
Mar Gómez Renau, estudioso de la Universidad de Valladolid, explica que esta obra ‘es’ “y al mismo tiempo ‘no es’ árabe. Es árabe por la lengua, por el ambiente donde se desarrolla, pero no por su origen primitivo que es persa.”

Entre los distintos tipos de historias en estas colecciones se encuentran las fábulas de animales, los proverbios, las historias de jihad o propagación de la fe, cuentos humorísticos, cuentos morales, cuentos sobre el astuto estafador Ali Zaybaq y cuentos sobre el bromista Juha.

La Divina Comedia de Dante Alighieri, considerada la obra narrativa en verso más importante de la literatura italiana, contiene muchos rasgos y episodios sobre el futuro derivados de obras árabes sobre escatología islámica: el Hadith y el Kitab al-Miraj (traducido al latín en 1264, o poco después como Liber Scale Machometi, "The Book of Muhammad's Ladder") relativo a la ascensión de Mahoma al cielo, y los escritos espirituales de Ibn Arabi.

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