jueves, 10 de marzo de 2011

El cuento: origen y desarrollo (64) por Roberto Brey

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El matadero

En 1838 Echeverría funda la “Joven Generación Argentina”, donde se reúnen los intelectuales que habían participado del “Salón literario” de Marcos Sastre, que había sido disuelto por Rosas. Allí se leen las “Palabras simbólicas” que se transformarían luego en el “Dogma socialista”. Allí escribe también “El matadero”, aunque sólo sería publicado muchos años después por José María Gutiérrez.

Para el crítico argentino Íber Verdugo (muerto en 1998) se trata de una obra de denuncia de la situación social y política, donde se critica un sistema y se asimila la descripción del horror de un matadero de esa época con la situación del país, y la muerte de las reses a lo que ocurría con los enemigos del régimen rosista. De alguna manera quiso mostrar a la clase culta (que él mismo integraba) sometida a las clases más bajas. Las descripciones son realistas, pero reduce la situación, para nada simple, a una lucha entre el bien y el mal, del héroe romántico frente a la turba ignorante, compuesta por diferentes tipos humanos a los que muestra despreciables. De alguna manera esa figura forma parte del ideal romántico. Pero como también dice Verdugo, es una visión “que mutila en parte la realidad, y en parte la deforma, porque se pone al servicio de un propósito de persuadir, de convencer, con el punto de vista del autor. Es en cierto sentido, literatura de propaganda”.

Manifiesto antirrosista, por supuesto, teniendo en cuenta la postura política de Echeverría, pero también, de acuerdo a su espíritu romántico y liberal, manifiesto contra el poder, como cuando dice: “…el caso es reducir al hombre a una máquina cuyo móvil principal no sea su voluntad sino la de la Iglesia y el gobierno. Quizá llegue el día en que sea prohibido respirar aire libre, pasearse y hasta conversar con un amigo, sin permiso de autoridad competente.”

Pero volvamos al cuento como tal, publicado recién en 1871 por Gutiérrez, quien dice en el prólogo: “Su indignación se manifiesta bajo la forma de la ironía. En una mirada descubre las afinidades que tienen todas las idolatrías, todos los fanatismos, y comienza por las escenas a que dan lugar los ritos cuaresmales, para descender por una pendiente natural que los mismos hechos establecen, hasta los asesinatos oficiales que son la consecuencia del fanatismo político inoculado en conciencias supersticiosas.”

En su “Historia de la literatura americana” (1958), el crítico francés Robert Bazín afirma que “El matadero” “es el primer cuento argentino”. Y agrega: “Echeverría abría el camino al realismo con una obra maestra. Los destazadores, las negras del arrabal, su lenguaje, la pintura de los tormentos del joven y de su muerte, definen un estilo vigoroso, audaz, que no retrocede ante el realismo lingüístico ni ante el realismo pintoresco. Es el camino que más tarde seguirá el cuento argentino.”

¿Por qué Echeverría no publicó “El matadero” junto con sus obras? Algunos creen que debido a la crudeza del relato y a la posible represión rosista, otros estiman que en realidad el escritor no sabía dónde ubicar una obra que, para ese momento, no respondía a los géneros en boga. Recuérdese que recién muchos años después se lo calificó como cuento, pero también se lo señala como relato de costumbres, alegato político, etc. ¿Es romántico o realista? ¿O en realidad está fuera de toda clasificación?

Carlos Mastrángelo (1911-1983), escritor, crítico y recopilador, en un prolijo análisis explicó por qué a su criterio “El matadero” no es un cuento. Él señala que sólo un fragmento puede considerarse ‘cuento’ y que todo lo demás es una mezcla de géneros (por lo menos de acuerdo a los cánones establecidos por autores como Poe u Horacio Quiroga). Y señala específicamente: “El matadero” se inicia “con una dilatada y pintoresca página muy sabrosa y muy bella, pero cuentísticamente fea y superflua.” Luego de referirse a la inundación, la Iglesia, la cuaresma, el gobierno y la Revolución de Mayo (alrededor de seis o siete páginas sobre un total aproximado de veinte), logra con la descripción de los corrales –en palabras de Mastrángelo- “una imagen maestra, reconocida unánimemente por críticos, ensayistas y cuentistas.” Todavía señala varias páginas (donde el episodio del escape del toro también podría considerarse casi como un cuento independiente), para concluir en las últimas seis con el episodio del apresamiento del unitario, que constituiría específicamente un cuento, con la salvedad, según Mastrángelo, del último párrafo (trece líneas), “afeantes e inútiles desde un criterio cuentístico”.

Mastrángelo –un especialista en el género cuento- no desmerece la obra (que se escribe en una época donde todavía no estaba definido plenamente el cuento como género), sino que no le otorga esa definición y lo ve como una mezcla de géneros, un ensayo en preparación o una novela inconclusa. Finalmente habrá que señalar que la definición última corre por cuenta y riesgo de cada lector.

Como síntesis se podría recordar que la poesía romántica de Echeverría se inscribe en lo americano con fuerte influencia europea, pero que se adelanta al romanticismo español. “El matadero” es el antecedente más cercano a un cuento en el sentido moderno y que su influencia intelectual fue muy grande, en particular con “El Dogma socialista” de inspiración sansimoniana, que influye en “Las bases” de Alberdi y en las ideas educativas de Sarmiento (entre otros) y se inscribe –al decir de Fermín Estrella Gutiérrez- en “el primer estudio social serio aparecido en el país”

El matadero de Esteban Echeverría, puede leerse en:
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/echeve/matadero.htm

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miércoles, 9 de marzo de 2011

"Lechero ahogado"

Este relato, "Lechero ahogado", escrito por el lector colaborador Ricardo Creimer, recibió una mención en el concurso literario del sindicato de Luz y Fuerza.

La memoria colectiva del tablón afirma que el apodo de "lechero ahogado" le corresponde al club Tigre y a su hinchada por un accidente fatal ocurrido a orillas del Río de las conchas. El imaginario social retocó ese hecho verídico hasta transformarlo en una leyenda.
Algún periodista deportivo ha intentado sin éxito, contradecir ese origen al sostener que "lechero ahogado" se le llama a la cancha que estaba ubicada en los bañados de la calle Rocha y que a los hinchas del club Juventud de Tigre se los llamaba "los suertudos" o "los lecheros" por haber logrado, como locales, una seguidilla de triunfos sin merecerlo. Se decía que tenían "mucha leche" y, cuando perdía como local, daba pié para que la barra visitante cruzara el puente voceando que habían “ahogado al lechero”. Las dos versiones tienen algo de verdad y algo de fábula. Por eso me animo a relatar un hecho verídico hasta donde mi memoria me es fiel, y ficticio a partir de allí.

Me limitaré a ser lo más fiel posible en contar aquello que viviera a los doce años con la barra de la esquina, rejunte de los chicos del barrio que crecimos juntos.

Yo había nacido con el siglo en pañales y me cansé de jugar en la canchita de la calle Rocha. En aquella época el club "Deportivo Juventud de Tigre" había inaugurado el nuevo estadio y la canchita había quedado para entrenamiento de sus equipos inferiores. Por eso mantenía los arcos reglamentarios y, de vez en cuando, la demarcaban con cal.

En esos tiempos la leche se vendía casa por casa, trasladada desde el tambo en un carro a caballo y guiado por el propio tambero. Mi mamá salía con la lechera en la mano y recibía los dos litros que ponía a hervir inmediatamente.

El lechero no faltaba ni cuando el río estaba crecido y por mas intransitables que estuvieran los senderos. Era un hombre flaco y no muy alto; bien plantado y cincuentón; con el cabello entrecano desde muy joven. Muy metódico, el vasco empezaba y terminaba el reparto siempre a la misma hora. Tan reconocida era su puntualidad que el cura lo había bautizado "ocloc" y con el tiempo, así lo llamaron todos menos la barra de la esquina, que lo llamábamos "vasco", a secas.

Era un tipo cariñoso, dentro de su parquedad y nos avisaba el estado de la cancha y las posibilidades de jugar o no. La lluvia fuerte o la crecida del río eran las dos únicas razones que suspendían los partidos, porque la cancha formaba parte de los terrenos bajos del Delta y se inundaba a todo lo largo. Primero se inundaba el lateral izquierdo, luego la franja central, desde un arco hasta el otro y terminaba cubriendo el lateral derecho.
Jugar en esa cancha, para nosotros, era como jugar en el Maracaná. Y el vasco se autoproclamó nuestro Director Técnico. Pobre vasco. Seguramente era su única diversión.

De vuelta para su tambo, pasaba a la una del medio día por nuestra esquina. Esa asistencia perfecta era una bendición para la barra porque, además de avisarnos el estado del campo de juego, nos llevaba hasta ahí. Había que aguantar el fuerte olor a leche, pero era preferible a tener que caminar. Los cinco de la delantera se sentaban en un estribo raro a media altura entre el piso del carro y la calle y dejaban las piernas colgadas porque era un excelente masaje. Tenía el problema del desgaste desparejo que le provocaba a los talones de las alpargatas, que las desflecaban por atrás en su golpeteo contra el suelo; tanto que mi papá vivió intrigado por adivinar cómo se podía gastar el talón de la alpargata al revés de lo normal que es el desfleque de la puntera. En cambio mamá, mucho más bicha que él, intuía que algo tenía que ver los partidos de fútbol, pero nunca descubrió que el desgaste provenía del "masajeo" que nos hacía la tierra y el empedrado. Al gordo "siete sopas" no lo dejábamos subir. Tenía que ir caminando. No era por su gordura sino porque el zarandeo del carro y el olor a leche le revolvía el estomago y lo hacía vomitar. Después atajaba sin ganas y le metían algunos goles que eran para matarlo.

Siempre había partido; sábados, domingos y feriados. Empezaban a las dos de la tarde, invierno o verano. Allí jugaba la barra hasta que venían los grandes y nos echaban. Pero si no jugaban seguíamos toda la tarde y los partidos terminaban por cifras abultadas. Una sola vez terminó empatado 29 a 29 porque era costumbre que no hubiera empate. Ese día jugamos hasta que ya no se veía nada y terminamos empatados de prepo. Era la noche de año nuevo, se había hecho muy tarde y el gol del desnivel no llegaba. De repente, a eso de las nueve, Pepe tomó la pelota con la mano y gritando "... es tarde... en casa me matan...", y salió carpiendo. A todos nos pasaba lo mismo y nos desbandamos gritándonos las promesas corrientes en año nuevo.

La barra tenía leyes propias para la suspensión de los partidos. La lluvia fuerte no lo suspendía, pero el vasco nos mandaba a casa en cuanto empezaba a chispear. El anegamiento de la cancha sí que lo suspendía y la dábamos por inundada cuando el agua alcanzaba alguno de los postes de cualquiera de los arcos. Si la pelota tocaba el agua, era "ovol".

Alguna vez el vasco nos escucho quejarnos porque había que ir a la escuela el sábado para un acto. Se enojó mucho y nos contó que no había ido a la escuela y que no sabía muy bien qué era un fin de semana o un feriado. Se explayó contando una infancia sin barrio ni potrero. No sabía casi leer ni escribir; apenas le alcanzaba para contar y anotar plata y litros de leche. Nunca disfrutó de un sábado o de diversiones y la remató diciendo entre lágrimas que éramos sus únicos amigos. Contó también, con ojos brillantes y conteniendo el llanto, que él había aprendido a ordeñar "de parado" a los ocho años, sin banquito y sin poder mover el balde lleno.

Nosotros lloramos a moco tendido y nos dimos cuenta que por eso los domingos se quedaba mirando y se animaba a alentar al equipo desde el pescante del carro. Allí se transformaba en Director Técnico. Era un intuitivo que sabía leer los partidos. A mí me hizo jugar de “4” y a Pepe de “10”. No había delantero contrario que yo dejara avanzar, con éxito, por la izquierda. Y Pepe se transformó en un "10" memorable y famoso en todo Tigre. El vasco aplaudía y el caballo relinchaba alentando. Los dos movían la cabeza negativamente cuando había algo que no les gustaba en nuestro juego colectivo.

Un sábado llegó al barrio la noticia. Ocloc se había muerto ahogado. La trajo Simón, el padre de Miguel, que era bombero y había participado en el procedimiento. Para toda la barra, ese velatorio fue una novedad porque era el primero al que fuimos; bañados y peinados. Allí, Simón nos contó que el caballo se espantó con las ramas que traía la corriente, volcando el carro. En vez de salvarse él, y abandonar todo, el vasco había tratado de liberar al mancarrón de los arneses; pero desesperado, el caballo, lo desmayó de un cabezazo. Arrastrado por el agua, el cuerpo del vasco cruzó la cancha dando tumbos hasta más allá del arco, y allí se quedó tendido boca abajo, con la cabeza sumergida y ahogado nomás. El caballo también se murió y quedó, pudriéndose detrás del arco. El olor que largaba hizo que los veteranos, una tarde, antes de jugar, lo incineraran en un gran fuego que echó humo hasta la noche del otro día. El tano Pascual sentenció:

- a eso le llamo yo una fogarara.

La barra disfrutaba cuando el vasco gritaba los goles que hacíamos como si fuera un chico más. Lo propio ocurría cuando veíamos relinchar al caballo y golpear la tierra con las patas delanteras con cada gol. Seguro que lo hacía porque oía gritar al vasco, pero nadie nos sacaba de la cabeza que eran los únicos dos fanáticos de nuestro equipo. Esta creencia dio pié a la leyenda del fantasma del caballo del vasco, que perdura hasta hoy.

Todo empezó un día en que los veteranos terminaron de jugar su partido y nos presionaron diciéndonos que si queríamos usar la canchita había que demarcarla con cal y ceniza. El viejo Cartucho, que vivía ahí nomas, nos dio dos tachos grandes, dos brochas y cal. Allí mismo y mientras preparaba la calada, nos explicó que teníamos que pasar la brocha por encima de las líneas ya existentes y casi borradas. Nos enseñó a espesar la mezcla con un poco de ceniza de montón que había quedado cuando quemaron el caballo. Nos recalcó que pintáramos con más ahínco la línea de gol del arco que daba al recodo del rio, porque se borraba más fácil ya que cualquier inundación, por insignificante que fuera, la afectaba.

Un día en pleno partido, nuestro arquero siete sopas, nos comentó que él no había podido atajar un penal tirado a rastrón por el 11 de ellos. Que algo sobrenatural había pasado, porque algo había rechazado la pelota y no había sido él. Incluso el 11 de ellos que había pateado el penal, se quedo parado rascándose la cabeza y preguntando cómo fue que esa pelota no había entrado. Pirincho, que era nieto de la “manosanta” del lugar, lo atribuyó al espíritu del caballo que, por sus cenizas mezcladas, había quedado sobre la línea de gol. Argumentaba, para reafirmar lo que decía, que en el otro arco no pasaba lo mismo. Y era verdad. Siete sopas agregaba que cuando la pelota venía a media altura, no la paraba nadie; pero de rastrón, “algo la frenaba”. La curiosidad se repitió varias veces hasta que esa ayuda del fantasma del caballo del vasco la empezamos a tomar como algo natural.

Pero volviendo al velatorio, la barra decidió solemnemente llamar a la cancha, desde ese momento, "la cancha del lechero ahogado", en honor al vasco. Y todos quienes jugamos en ella fuimos apodados por los contrarios “los lechero ahogados”. En pocas palabras, nosotros inventamos el apodo y no puedo menos que sonreírme cuando oigo a algún simpatizante de Tigre, gritar “lechero ahogado, viejo y peludo".

Ricardo Creimer

jueves, 3 de marzo de 2011

El cuento: origen y desarrollo (63) por Roberto Brey

63

La poesía popular

Fue por esos años revolucionarios que empezó a surgir, principalmente en el sur de América, una poesía popular, muchas veces no escrita, que en general cantaba a los acontecimientos políticos de entonces.

Un destacado de esta renovación fue el mestizo peruano Mariano Melgar (1791-1815). A pesar de ser su poesía neoclásica, se advierte en Melgar, en opinión de Zanetti, “el tono de confesión personal, sincero, en la poesía erótica (‘A Silvia’). Por otra, en sus famosos ‘Yaravíes’ incorpora un ritmo y una melodía indígena, popular, desusada en la poesía de entonces.”

A Silva (fragmento)

¿Por qué a verte volví, Silvia querida?
¡Ay triste! ¿para qué? ¡Para trocarse
mi dolor en más triste despedida!

Quiere en mi mal mi suerte deleitarse;
me presenta más dulce el bien que pierdo:
¡Ay! ¡Bien que va tan pronto a disiparse!

¡Oh, memoria infeliz! ¡Triste recuerdo!
Te vi… ¡qué gloria! pero ¡dura pena!
Ya sufro el daño de que no hice acuerdo.

Mi amor ansioso, mi fatal cadena,
a ti me trajo con influjo fuerte.
Dije: «Ya soy feliz, mi dicha es plena».

Pero ¡ay! de ti me arranca cruda suerte;
este es mi gran dolor, este es mi duelo;
en verte busqué vida y hallo muerte.

El uruguayo Bartolomé Hidalgo (1788-1822), considerado uno de los mejores ejemplos de poesía popular, también cultivó la poesía neoclásica y el teatro. Pero sobresalió justamente en la utilización de la poesía anónima que se bailaba al son de la guitarra. Él introdujo allí el manifiesto patriótico (al decir de Zanetti) y logró que el auditorio culto trocara en el soldado raso y el campesinado, que hacían propios sus cantos. Hidalgo proclama con orgullo su estilo:

¡Allá va cielo y más cielo,
Cielito de la mañana…
Después de los ruiseñores
Bien puede cantar la rana.”

Para Zanetti “Las metáforas, las comparaciones, la adjetivación surgen del ámbito cotidiano, en lenguaje directo y franco. Se siente la alegría ante la causa elegida. La ironía y el tono juguetón reemplaza aquí a la declamación neoclásica.”

De sus últimos años se rescatan los tres diálogos patrióticos, siempre con el tema de la independencia y de la crítica política y social, con la inserción ya en la gauchesca. Si bien no fue el primero en utilizar la gauchesca (ya existían los antecedentes de Concolorcorvo -Alonso Carrió de la Vandera-, ver Cap. 53, entre otros), sería el antecedente inmediato detrás del que desarrollarían esa temática Ascasubi, Del Campo y José Hernández. Y como bien dice Adolfo Prieto (1928), fue “el primer autor que dejó de lado, con conciencia, las posibilidades expresivas del habla culta, y que buscó un público marginal a los intereses de la literatura que servía a los sectores cultos de la sociedad.”

En este campo es interesante acercarse al cancionero anónimo de las Invasiones Inglesas, que se difundió tanto en Buenos Aires como en Montevideo, y donde se criticaban personajes, actitudes y se exaltaban gestos patrióticos. Versos anónimos debidos al ingenio popular que se recitaban y cantaban alrededor del fogón, en las ruedas gauchescas, donde participaban muchos de los que habían tomado parte de algunas de las batallas contra los ingleses.

(Una estrofa sobre el virrey)
“¿Ves aquel bulto lejano, que se pierde de atrás del monte?
Es la carroza del miedo, con el virrey Sobremonte.
La invasión de los ingleses le dio un susto tan cabal
que buscó guarida lejos para él y su capitán.”

(Otra sobre los adulones de los ingleses)
En Buenos Aires entró
sin hallar oposición
el inglés con un cañón
que en el camino encontró.
Luego que lo disparó,
comerciantes, hacendados,
milicias, frailes, togados,
desde el cayado al bastón
al estruendo del cañón
todos quedan espantados.

Romanticismo en América
Esteban Echeverría
(1805-1851) llega a Buenos Aires en 1830, luego de haber pasado cinco años en París. Él es el difusor del romanticismo francés, adquirido en esa estadía y el máximo innovador de la literatura argentina. Dicen que fue un adolescente rebelde, que su vida disipada contribuyó a la muerte de su madre (sería una culpa que le costaría asimilar). Con pocos años de estudios universitarios llega a Europa y allí – por lo que parece- adquiere una disciplina en el estudio que lo lleva a profundizar en los temas fundamentales de la época. Esos cinco años le dan un conocimiento y una capacidad tal, que cuando vuelve deslumbra: Gutiérrez, Sarmiento, Mitre, Alberdi, se maravillan ante su empuje y sus ideas. “La Asociación de Mayo”, por él creada, parece tomar el modelo de los jóvenes románticos revolucionarios de Francia, Alemania e Italia.
Echeverría empieza a publicar sus poemas en 1834 y en 1837 aparecen sus “Rimas” donde se destaca “La cautiva”:

(“Era la tarde, y la hora
en que el sol la cresta dora
de los Andes. El desierto
inconmensurable, abierto
y misterioso a sus pies
se extiende, triste el semblante,
solitario y taciturno
como el mar cuando un instante
el crepúsculo nocturno,
pone rienda a su altivez.”).

Un verdadero manifiesto donde rinde homenaje a Víctor Hugo, Dante, Manzoni, Byron, Calderón, Lamartine, Petrarca, entre otros.

Para entonces Echeverría es el líder de un movimiento literario que postula allí, al decir de Zanetti: “la naturaleza como modelo del poeta, el principio de la originalidad, la poesía interesada en el fondo más que en la forma y el rechazo de las reglas clásicas.”

Una de las causas probables de la rápida adhesión al romanticismo en Buenos Aires, era el tajante rechazo que los intelectuales sentían por lo español, algo que no se daba de la misma forma en México o en Cuba.

Alrededor de 1837 es cuando Echeverría escribe “El matadero”.

martes, 1 de marzo de 2011

La lectura…


La lectura es un placer, es lo que opina cualquier lector, pero como va a enterarse un chico –o un no-lector– que la lectura es placentera si no lee. Ese problema, de siempre, que solía encontrar su respuesta, no en un desinterés innato del chico sino en la falta de lectores en la familia, actualmente parece hallar la causa en los nuevos medios, y juegos, electrónicos. De la Play Station, a Internet y los juegos en Red, sin descuidar la televisión los chicos ocupan todo su tiempo en tareas que les resultan placenteras y que no les significan un esfuerzo lector.

Sin embargo hoy en día, también, encontramos una mayor variedad de literatura infantil buenísima y al alcance de todos: Graciela Cabal, Javier Villafañe, Laura Devetach, Ricardo Nariño, Emma Wolf. Todos estos autores han producido una “generación” nueva de personajes y aventuras que bastaría que un chico las descubriera para deslumbrarse. Pero si los chicos no sueltan el Joystick del jueguito ¿cómo van a hacer para sostener el libro?

No se lo puede obligar, eso está claro. Que dominen las nuevos medios es positivo. No que conozca las páginas triple equis de Internet, pero sí que sepa, a fuerza de usarla, que Internet es una puerta a una Enciclopedia de dimensiones mundiales, y que, de hecho, para poder aprovecharla bien debe leer bien. Quizás hacerle comprender esto contribuya a acercarlo a la lectura. Repetimos, dijimos quizás porque no hay reglas absolutas.

Un escritor francés (Daniel Pennac), en un libro famoso (Como una novela) unos años atrás (1992) planteó con claridad una pregunta: ¿Dónde encontrar tiempo para leer? Y esto lo lleva a reflexionar que si alguien se plantea esta cuestión es porque lo que falta no es el tiempo para hacerlo, sino el deseo de leer, ya que es un hecho que (casi) nadie tiene tiempo (únicamente) para leer. Ni niños, ni adolescentes, ni mayores. “El tiempo para leer es siempre tiempo robado” robado al diario vivir.

El problema es, entonces, no prohibirles el acceso a los medios electrónicos, sino lograr despertarles ese deseo, y con todas las críticas que se le hagan, el mágico Harry Potter, nos muestra que los chicos, cuando hay una historia que vale la pena y bien presentada, ellos responden leyendo un tomo tras otro. La computadora no puede llevarse a la cama, un libro o una revista sí, el viejo truco de leerles algo todas las noches es indiscutiblemente una manera de despertar el interés del chico, sobre todo si se trasluce el entusiasmo del que lee. Eso es lo único que puede hacerse trasmitirles ese fervor o deslumbramiento por la lectura. Volviendo a otra frase del mismo escritor de antes (Daniel Pennac) de la misma manera que no se puede ordenar a una persona que ame a otra tampoco es posible ordenarle a nadie, y mucho menos a un niño, que lea, y disfrute de ello.

Antes los mayores se quejaban de que los chicos sólo leían historietas, luego de que se pasaban el día frente al televisor, ahora de que Internet o los juegos de computadoras lo vuelven una extensión de la computadora, mañana ¿de que nos quejaremos? Siempre habrá algo que desvíe al chico de la lectura, por la simple razón que la sociedad siempre tiene múltiples ofertas, para todos y de todo tipo. El libro siempre está y estará.

No perdamos la esperanza, los lectores no están en extinción aunque a veces lo parezca. Lo que nos debe quedar en claro es que el camino de la lectura no se puede transitar obligado, es la única conclusión válida.

Luis Alberto García

viernes, 25 de febrero de 2011

El cuento: origen y desarrollo (62) por Roberto Brey

62

América y su independencia

Visto ya los rudimentos de Romanticismo y avanzado un poco en la literatura española, estaremos en mejores condiciones para acercarnos al cuento en América, cuyo primer antecedente, por lo menos para los nacidos en el Río de la Plata es (casi) “El Matadero” de Esteban Echeverría.
Pero antes de entrar en precisiones polémicas, permítanme continuar en Hispanoamérica, allí donde habíamos dejado en el capítulo 55.

En el trabajo de Susana Zanetti sobre literatura hispanoamericana, se señala que la poesía había predominado por sobre la prosa, pero a pesar de ello aparece lo que sería la primera novela, representada por “El periquillo sarniento” del mexicano José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827).
Su publicación tiene que ver con la censura, que en 1816 ejercía la España absolutista sobre el deseo de independencia de México. La Inquisición en plena acción cierra su periódico “Alacena de frioleras”, por lo que Lizardi –su director- recurre a la edición por entregas de lo que sería su novela. En ella Lizardi describe vida y costumbres de Nueva España, pero en su lenguaje natural, el que se hablaba en los pueblos, siempre con un afán moralizador y educativo. “El periquillo…” es una novela picaresca con las intenciones que su autor manifiesta en el prólogo: “Cuando escribo mi vida, es solo con la sana intención de que mis hijos se instruyan en las materias sobre que les hablo… esta obrita no es para los sabios, porque estos no necesitan de mis pobres lecciones; pero si puede ser útil para algunos muchachos (…) que sean amigos de leer novelas y comedias”.

Zanetti señala como defectos “las largas peroratas, donde ataca la superstición, la escolástica, el sistema carcelario, el clero y hasta el luto (además de) largas explicaciones eruditas sobre las más diversas materias reforzadas con citas y sentencias latinas, que quiebran la narración…”
Pero es su mérito haber sido el primer americano en 300 años en escribir una obra de esas características y, fundamentalmente, su “mexicanidad”, la descripción de costumbres, tipos humanos y la lengua propia de la colonia.

“El pensador mexicano” fue el seudónimo que hizo famoso a Lizardi, quien continuó su labor periodística hasta el fin de sus días, difundiendo sus ideas sociales y políticas con reformas avanzadas que servirían de apoyo a los revolucionarios que luchaban por sacudirse el yugo español.

Poesía
Pero la poesía en América como en España sería la reina. La poesía usada como proclama para relatar triunfos, para llamar a la lucha, para exaltar los máximos valores sociales.
El principio de siglo aumenta el interés por las novedades de Europa. El ejemplo de las ideas que transitan por Francia, Inglaterra, Italia, los ideales de independencia, de libertad, de igualdad, chocan con el absolutismo español, y en la literatura el Romanticismo ya comienza a abrirse paso como un aire fresco para renovar la escritura.

En América prende el sentimiento americanista, y el rechazo por lo español, y éste era tanto, que los jóvenes revolucionarios llegaron a plantearse el abandono del español como lengua para reemplazarlo por el francés, como idioma representativo de la libertad frente a la oscura colonia en la que habían vivido hasta 1810.

Juan María Gutiérrez, uno de esos jóvenes entusiastas llegó a recibir el nombramiento de miembro de número de la Real Academia Española, mucho después, en 1853, honor que rechazó, como para reafirmar que más allá de las exaltaciones juveniles de los años revolucionarios, la madurez no había hecho mengua en lo central de su pensamiento.
La poesía predominaba, dijimos, y allí está el neoclasicismo del ecuatoriano Joaquín de Olmedo (1780-1847), quien como la mayoría de los literatos, también fueron periodistas y políticos, ocupando muchas veces cargos en los jóvenes gobiernos patrios. “La victoria de Junín. Canto a Bolivar” y “Al general Flores…” son sus poemas más reconocidos, además de haber sido el creador de la escarapela y la bandera de Guayaquil.

El venezolano Andrés Bello (1781-1865) es otro de los representantes de la intelectualidad hispanoamericana. Amplio conocedor de la literatura española y europea, integra la pléyade de poetas que cantan a los nuevos tiempos, que responden a ese espíritu americanista. Sus primeros poemas, “A un samán”, “A la vacuna”, “A la victoria de Bailén”, responden a una primera etapa en Caracas. Una segunda se revela en Londres como enviado del gobierno venezolano, donde publica su “Alocución a la Poesía” (1823) y “A la agricultura de la zona tórrida” (1826), todavía dentro del clasicismo. Una tercera etapa se verificaría durante sus años en Chile, en su labor de funcionario, con trabajos publicados en diarios y revistas chilenas, ya con una poesía influenciada por el romanticismo.

Sus principales poesías son un llamado a la renovación, una propuesta a los poetas y a la poesía para el retorno a la originalidad, inmersa en la tierra, virgen aún, frente a la desgastada Europa, como lo dice en su “Alocución a la poesía”:

“Tiempo es que dejes ya la culta Europa,
que tu nativa rustiquez desama,
i dirijas el vuelo a donde te abre
el mundo de Colón tu grande escena”.

Para Zanetti: “La actitud del poeta y el tema son totalmente originales en la literatura hispanoamericana de entonces, aunque los vuelque en moldes neoclásicos.”
Como funcionario y como poeta, Bello trabaja para los ideales patrióticos, edita periódicos y difunde el pensamiento de la época. Entre sus importantes obras se cuentan el Código Civil chileno, junto a varios trabajos jurídicos, una historia de la Literatura, una historia de Venezuela y una Gramática de la lengua castellana. La obra de Bello es reconocida como fundamental para el desarrollo literario americano, y para la vida cultural de este periodo; el suyo es el aporte más importante.

A la vacuna de Andrés Bello se puede leer en:
http://es.wikisource.org/wiki/A_la_vacuna

José María Heredia (1803-1839) es otro grande nacido en Cuba. Considerado el Poeta Nacional, fue poeta prerromántico, patriota y periodista en una tierra que tardaría mucho en lograr su independencia; vivió en México y en EE.UU. en exilio obligado, y entre sus poemas más celebrados se encuentran: “En el teocalli de Cholula” y “Niágara”. “Todo perece por ley universal. Aun este mundo tan bello y tan brillante que habitamos, es el cadáver pálido y disforme de otro mundo que fue…”, diría en un poema.
Es interesante conocer una opinión que Andrés Bello daría en 1825 sobre Heredia, que remite a las ideas de Bello sobre la creación:

“Sentimos, no solo satisfacción, sino orgullo, en repetir los aplausos con que se han recibido en Europa y América las obras poéticas de don José María Heredia, llenas de rasgos excelentes de imaginación y sensibilidad. (…) No son comunes los ejemplos de una precocidad intelectual como la de este joven… circunstancia que aumenta muchos grados nuestra admiración a las bellezas de ingenio y estilo de que abundan, y que debe hacernos mirar con suma indulgencia los leves defectos que de cuando en cuando advertimos en ellas (…) Desearíamos que si el señor Heredia da una nueva edición de sus obras las purgase de estos defectos, y de ciertas voces y frases impropias, y volviese al yunque algunos de sus versos, cuya prosodia no es enteramente exacta.”

jueves, 17 de febrero de 2011

El cuento: origen y desarrollo (61) por Roberto Brey

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Bécquer y Larra

Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) tuvo poca suerte en vida, ya que no logró la trascendencia pública de Espronceda o Zorrilla. Sus rimas y leyendas aparecieron sueltas en los diarios de la época, y su muerte pasó inadvertida. Huérfano en la infancia, abandonó una vida más fácil a cargo de su madrina para dedicarse de lleno a la escritura. Nunca tuvo éxito, y sobrevivió miserablemente como periodista, gran parte de su corta vida. Sus Rimas fueron realizadas entre 1860 y 1861 y publicadas en su conjunto recién en 1871, gracias al esfuerzo de sus amigos, y su éxito fue fulminante, ante un público que lo consagró como el mayor poeta español. Entre las más conocidas figuran la I que empieza:

“Yo sé un himno gigante y extraño / que anuncia en la noche del alma una aurora…”;
la VII: “Del salón en el ángulo oscuro, / de su dueño tal vez olvidada, / silenciosa y cubierta de polvo / veíase el arpa.”;
la LIII: “Volverán las oscuras golondrinas…”
Su estilo es sencillo pero con gran sentimiento y, en sus rimas se reconoce la influencia mayor de Heine.
En prosa escribió: “Cartas desde mi celda”, escritas en el monasterio de Veruela donde pasó un tiempo para reponer su salud, además de diversos artículos y críticas publicadas en diarios.
Pero aquí nos interesan sus “Leyendas”, escritas con una prosa de gran lirismo y sobriedad, como antecedente de los cuentos españoles modernos. Tomados de las tradiciones populares, se destaca la influencia de los “Cuentos fantásticos” de Hoffman (Cap. 42).

En una de sus Leyendas (El rayo de luna) en cierta forma describe su pasión y su idea acerca de la literatura, refiriéndose al protagonista Manrique: “Amaba la soledad, porque en su seno, dando rienda suelta a la imaginación, forjaba un mundo fantástico, habitado por extrañas creaciones, hijas de sus delirios y sus ensueños de poeta, tanto, que nunca le habían satisfecho las formas en que pudiera encerrar sus pensamientos, y nunca los había encerrado al escribirlos.”

Las Rimas de Bécquer pueden leerse en: http://www.ciudadseva.com/textos/poesia/esp/becquer/rimyley/rimyley.htm
Las mejores Leyendas en:
Maese Pérez el Organista - Gustavo Adolfo Bécquer
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/becquer/rimyley/maese.htm
El rayo de luna Gustavo Adolfo Bécquer
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/becquer/rimyley/rayode.htm
El miserere1 Gustavo Adolfo Bécquer
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/becquer/rimyley/miserere.htm
Los ojos verdes Gustavo Adolfo Bécquer
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/becquer/rimyley/ojos.htm
La Venta de los Gatos Gustavo Adolfo Bécquer
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/becquer/rimyley/venta.htm
El gnomo Gustavo Adolfo Bécquer
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/becquer/gnomo.htm
El monte de las ánimas Gustavo Adolfo Bécquer
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/becquer/rimyley/montede.htm


Mariano José de Larra (1809-1837). España se debatía en medio de un absolutismo finalmente en extinción con la muerte de Fernando, y una monarquía constitucional (de Isabel II) todavía en germen. El pesimismo era el sentimiento predominante y en la literatura predominaba la sátira, el ensayo, casi todos ellos muy críticos de los hábitos y costumbres de la sociedad. Mientras predominaba la poesía romántica, la prosa se debatía entre pocas y olvidables novelas y la labor periodística. Allí se destaca Larra, con sus “Artículos de costumbres”, que influyeron poderosamente en los escritores argentinos de ese período, entre ellos Domingo Faustino Sarmiento.

Hijo de un exiliado liberal, Larra se hizo famoso como articulista. “Su innata mordacidad, que tan pocas simpatías le acarreaba", al decir de su amigo y escritor Mesonero Romanos (1803-1882, se lo señala como el principal autor costumbrista, con una postura irónica ante el Romanticismo y con cierto parentesco con los artículos de Larra), era una de sus características. De fuerte temperamento, contrario a las convenciones sociales, sus artículos fueron despiadados con los defectos sociales y artísticos y, aunque inmerso en el romanticismo, no vacilaba en criticar sus defectos y exageraciones.

A los veinte años se casó, tuvo tres hijos, pero el matrimonio fracasó. Dedicado plenamente a la escritura, logró vivir gracias al periodismo. Pero las frustradas relaciones amorosas que mantuvo por cuatro años con una dama de la corte lo llevaron al suicidio, que concretó con un disparo en la cabeza, a los tan solo 28 años.

Además de su obra periodística, también cultivó la poesía, de corte neoclásico y satírico; el teatro, con la tragedia histórica “Macías” (1834); y la novela histórica, con “El doncel de don Enrique el Doliente” (1830), sobre un trovador gallego a quien dio muerte un marido cegado por los celos.

Larra escribió más de doscientos artículos, de costumbres, literarios y políticos, bajo seudónimos como Andrés Niporesas, El pobrecito hablador y sobre todo, Fígaro.

“Su estilo es sobrio, incisivo, nervioso. Escribe en forma simple y directa, sin adornos ni énfasis. A veces exagera la nota cómica o grotesca, pero siempre logra su efecto, que es poner en evidencia lo ridículo de ciertos tipos o costumbres de su época”, lo define Estrella Gutiérrez.

El escritor y crítico literario Azorín (1873-1967), lo elogia cuando dice: “Al espíritu de rebelión contra lo existente, Larra unía un anhelo de otra cosa mejor. Ése es su idealismo. Murió Larra cuando su ansia ideal no había podido dar todos sus frutos; la vida, la experiencia de la vida, las satisfacciones y los trabajos de la vida hubieran ido seguramente puliendo todo lo que había en él de violento, de agresivo”.

De los artículos donde satiriza la forma de vida española, se pueden destacar: Vuelva usted mañana (Sátira de las oficinas públicas), El castellano viejo (contra la grosería del campesinado), Corridas de toros, Casarse pronto y mal (con tintes autobiográficos), entre otros.

En sus artículos políticos se ve claramente reflejada su educación liberal y progresista, con artículos hostiles al absolutismo, al tradicionalismo y al carlismo. En algunos de ellos, Larra descarga su exaltación revolucionaria, como en la que dice: "Asesinatos por asesinatos, ya que los ha de haber, estoy por los del pueblo".

Vuelva usted mañana Artículo de Mariano José de Larra
http://es.wikisource.org/wiki/Vuelva_usted_ma%C3%B1ana
El día de difuntos de 1836 Fígaro en el cementerio
http://es.wikisource.org/wiki/El_d%C3%ADa_de_difuntos_de_1836
Corridas de toros de Mariano José de Larra
http://es.wikisource.org/wiki/Corridas_de_toros
Los amantes de Teruel de Mariano José de Larra
http://es.wikisource.org/wiki/Los_amantes_de_Teruel

martes, 15 de febrero de 2011

Concurso de cuento y poesía con motivo el Día Internacional de la Mujer

Con motivo de conmemorarse el 8 de marzo el Día Internacional de la Mujer, el Centro Municipal de la Mujer de Vicente López, dependiente de la Secretaría de Acción Social de la Municipalidad de Vicente López, organiza un concurso de cuento y poesía titulado Presencia de Mujer, para mujeres mayores de 18 años. Los cuentos y poesías deben ser inéditos y no haber sido premiados en otro concurso. El Jurado estará integrado por autoridades y profesionales del Centro de la Mujer.

Bases del concurso:
1) Genero literario: cuento y poesía
2) Tema: Presencia de mujer
3) Las obras deben ser inéditas
4) Las obras presentadas no deben exceder las tres carillas, deben estar escritas en castellano, en hoja tipo A4, con letra tamaño 12, interlineado 1.5, y ser presentadas por duplicado.
5) Las obras deberán ser entregadas en el horario de 9 a 15 en Juan de Garay 3137, Olivos, desde el 1 de febrero y hasta el 1 de marzo de 2011 inclusive.
6) Las obras deberán presentarse en un sobre cerrado, en cuyo exterior deberá constar el titulo de la obra y el seudónimo de la autora. En el interior de este sobre deberán incluir además de la obra, un segundo sobre cerrado, en cuyo exterior deberán figurar nuevamente el titulo de la obra y el seudónimo de la autora ; y en el interior de este, los datos de la autora: nombre y apellido, DNI, teléfono, domicilio y correo electrónico.

Los cuentos y poesías premiados serán leídos en la jornada que se realizará en nuestra institución, para celebrar el “Día Internacional de la Mujer”, el 9 de marzo, a las 18.

Para más información, las interesadas podrán comunicarse a los teléfonos
4794-6604/05/7010/8188, o enviar un correo electrónico a cmmujer@hotmail.com

jueves, 13 de enero de 2011

El cuento: origen y desarrollo (60) por Roberto Brey

60

Románticos y españoles

Durante el primer tercio de este siglo siguen vigentes las ideas neoclásicas. La primera vez que aparece la palabra "romántico" es en el periódico madrileño "Crónica Científica y Literaria" el 26 de junio de 1818, cuando se empieza a polemizar sobre las características y los modelos de esa corriente.

Los precursores del Romanticismo, que influyeron con fuerza en Europa y América fueron Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), el pensador francés que más inspiró a la revolución francesa, y el dramaturgo alemán Wolfgang von Goethe (1749-1832), pensadores universales que creyeron en la libertad del hombre y en la posibilidad de una creación artística menos estructurada y más vinculada a los sentidos. El poeta alemán Henrich Heine (1797-1856) (Cap. 44 y 45) tuvo a su vez una gran corriente de seguidores en España: Eulogio Florentino Sanz, Augusto Ferrán, Rosalía de Castro, Enrique Gil y Carrasco y, sobre todo, Gustavo Adolfo Bécquer, con una producción lírica muy aplaudida, y con facetas como publicista (editor) y crítico literario, también importantes.
El Romanticismo llegó tarde a España y se difundió luego de la muerte del absolutista rey Fernando VII; y su duración fue limitada, pues ya en la segunda mitad del siglo XIX el realismo y el naturalismo tienen mayor preponderancia.

Los emigrados regresan tras la reacción absolutista y junto con la nueva generación (Espronceda y Larra) van a marcar el estilo de la época, tanto en la literatura como en el periodismo pues habrán aprendido lo más avanzado de los periódicos ingleses y franceses. En 1836, el francés Girardin va a iniciar en su periódico La Presse una costumbre llamada a tener un éxito fulminante y duradero: la de publicar novelas por entregas, algo que la prensa española va a copiar, logrando su mayor auge entre 1845 y 1855. Conviene no olvidar que Girardin fue el impulsor de otro adelanto, esta vez empresarial, que es la utilización permanente de los avisos publicitarios, lo que permitirá (y obligará) aumentar la cantidad de ejemplares y bajar los costos de impresión.

El escritor y docente Fermín Estrella Gutiérrez (1900-1990) –nacido español y muerto argentino- que caracterizaba al romanticismo español como de “falta de equilibrio y de buen gusto”, lo consideró no obstante “de grandes beneficios, pues no sólo vivificó el idioma y amplió los límites de la creación literaria, sino que rehabilitó ilustres nombres de las letras hispanas, principalmente del teatro clásico, y aportó nombres de gran valor, como los de Larra, Espronceda, Zorrilla y Bécquer, este último ya en el postrromanticismo, de tanta significación en la historia de las letras hispanas.”

Lo más desarrollado de esos años fue la lírica Romántica entre los que se destacaron:

José de Espronceda (1802-1842). En su adolescencia intentó crear una sociedad secreta para vengar la muerte de Riego. Fue desterrado a un monasterio, después salió de España y vivió en Bélgica, Francia, Inglaterra, y Holanda, y se embebió de los ideales revolucionarios, tanto en lo político como en lo literario de su época. Vuelto a España en 1833 formó parte de la izquierda liberal.
Durante su estancia en el monasterio, y alentado por su maestro Lista, comenzó a escribir el poema histórico Pelayo, que dejó inacabado. Más tarde escribió la novela “Sancho Saldaña”.

Sus obras más importantes son los poemas “El estudiante de Salamanca” y “El diablo mundo”, extensos poemas líricos, este último inacabado e inspirado en Goethe y su “Fausto”. Su obra poética le canta al amor, a los excesos, a las orgías, a las pasiones, a la muerte y a los temas lúgubres y se lo considera un representante fiel del movimiento literario de su época, aunque se le critica también su falta de rigor literario, su despreocupación por las formas, aunque se lo sitúe, junto a Bécquer, el mayor valor poético de la España del siglo XIX.

José Zorrilla (1817-1893) Considerado un continuador en temática y en tono del revolucionario Espronceda y los más fervientes románticos, evolucionó hacia un estilo más tranquilo como el de Walter Scott (1771-1832) en Inglaterra y Víctor Hugo (1802-1885) en Francia. Si bien su poesía no alcanzó las alturas de Espronceda o Bécquer, logró en el teatro sus mayores logros, siempre abordando leyendas de la edad media española. Como lo caracterizara Estrella Gutiérrez: “A veces, hay aquí y allí un resplandor de belleza pura. Pero el torrente de sus versos se lo lleva todo, sin dejar huellas en el alma del lector.”

De las leyendas o costumbres, de José Zorrilla, puede leerse:
La mujer negra o una antigua capilla de templario en:
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/zorrilla/mujer.htm
De Espronceda, Canción de la muerte (poesía) se puede leer en:
http://www.ciudadseva.com/textos/poesia/esp/espron/muerte.htm


martes, 11 de enero de 2011

Segundo premio en el concurso de relatos del Bicentenario del Parlamento de la Tercera Edad

Las cuatro baldosas del general




de Paula Pellegrini

Mi abuelo me contó la historia tantas veces de pequeño que, poco a poco, fui haciéndola propia y cuando llegué a Jujuy, hace tan sólo unas semanas, había un lugar que de ninguna manera dejaría de visitar: el modesto pueblito de Huacalera en el kilómetro 1790 de la Ruta Nacional Número Nueve. El descarnizamiento del General Juan Galo Lavalle, escucho decir a mi abuelo, aquel personaje que dejó tras de sí una historia ataviada con detalles tan pintorescos como peculiares.

Dícese, o al menos es una versión, que allí por el año 1827 cuando Federales y Unitarios se disputaban el futuro de nuestro país, Lavalle llegaba a la estancia de Juan Manuel de Rosas en Cañuelas para arreglar una serie de asuntos pendientes. El abatido General, se dejó caer en el catre de campaña de su rival político y hermano de leche, para quedarse profundamente dormido. Una de las criadas, que estaba hirviendo leche, contempló horrorizada al enemigo durmiendo en el catre de su amo y señor y abandonó la tarea para dar el aviso. Antes de que la cuestión pasara a mayores apareció Rosas, divertido por la revuelta, y ordenó a su gente dejasen dormir tranquilo al general y le avisaran sólo cuando éste hubiera despertado por cuenta propia. Mientras tanto la olla olvidada seguía ardiendo al fuego, y de allí resultaría nuestro tan nuestro dulce de leche, que tanto Rosas como Lavalle probaron deleitados. Incluso su muerte fue un tanto llamativa, no es aquélla que uno imaginaría para un soldado de la Independencia que luchó codo a codo con El Libertador en persona. Los testigos nunca se pusieron de acuerdo en lo que ocurrió exactamente, algunos dicen que la puerta estaba entreabierta, otros que el General espiaba a sus enemigos por la cerradura, de cualquier manera fue una bala federal la que le dio muerte, sin que aquellos supieran a quien habían herido. Y fueron los hombres de Lavalle, quienes se rehusaran a abandonar a merced de la pica federal el cuerpo de su tan querido jefe y lo cargaran consigo rumbo a Bolivia.

Llegaron hasta aquí, justamente a este mismo punto en donde hoy me encuentro yo. Fue en este mismo pueblo, en esta misma capilla y bajo estas cuatro baldosas, que los hombres de Lavalle enterraron sus restos mortales en octubre de 1841, de acuerdo con la orgullosa placa de bronce al pie de la ruta. Las mulas se resistían ya a seguir cargando el cuerpo, cada vez más descompuesto, del que alguna vez fuera Juan Galo de Lavalle, y posteriormente, para borrar su origen español: Juan Galo Lavalle. Sus hombres decidieron, entonces, descarnarlo. Enterraron los restos y lleváronse consigo los huesos, la cabeza y el corazón; que hoy descansan en el cementerio de La Recoleta. “Con los ojos llenos de lágrimas extendí el cadáver de mi amado General, ya en plena corrupción, y como Dios me ayudó, es decir, sin otro instrumento de cirugía que mi humilde cuchillo…” dice el relato, que figura en el museo de San Salvador de Jujuy, junto a la enorme puerta de madera con un agujero justo a la altura de la cerradura; no pude evitar tocarla. Ahora tampoco puedo evitar pararme sobre las cuatro baldosas y al hacerlo, siento una familiaridad tan grande que no me queda más que agradecer a mi abuelo por ello.

Singular es también la historia de la plaza que lleva hoy el nombre del General. Frente a ésta, posteriormente bautizada Plaza Lavalle, se encontraba la imponente residencia de Don Mariano Miró y Doña Felisa Gregoria Dorrego Indarte de Miró. En vano intentó Doña Felisa, por entonces viuda, que cambiaran el nombre de quien había mandado a fusilar en el año 1828, a su tío Manuel Dorrego; y fue cuando mandaron erigir el monumento en honor del susodicho que la dueña de casa ordenó tapiar todas las ventanas que tuvieran vista al mismo y así permanecerían hasta el día de su muerte.

Son detalles, por supuesto, pero pasa el tiempo y son estos los que uno recuerda. Aquellas pinceladas de color en torno a la figura del General hoy vienen a mi mente, que viaja desde Bolivia al cementerio de La Recoleta, para volver al pueblo de Huacalera en la provincia de Jujuy y a las cuatro baldosas bajo mis pies, donde yace lo que nos queda de aquel personaje y su destino aciago.


Foto: Puerta de la casa donde fue muerto Juan Lavalle
Autor: Verónica Grondona (Argentina para mirar)

viernes, 7 de enero de 2011

El cuento: origen y desarrollo (59) por Roberto Brey

59

Romanticismo, y del cuento ni noticia…

Como puede verse hasta ahora, poco y nada hay de cuentos, como no sea intentar reconocerlos en las pequeñas historias de las fábulas, o incluidos en las novelas, como se escribió en referencia a Cervantes y otros autores. Pero con las características que le imprimirían Poe, los rusos y franceses primero, y los ingleses o norteamericanos durante el siglo XIX, habría que esperar un poco más todavía, por lo menos hasta Bécquer y sus Leyendas, que se verán más adelante.

El prerromanticismo en España se desarrolla a fines del siglo XVIII. Pueden mencionarse los poetas Nicasio Álvarez Cienfuegos (1764-1809) y Manuel José Quintana (1772-1857) o el sacerdote de origen inglés José María Blanco White (1775-1841), y el sevillano Alberto Lista (1775-1848).

Para comprender mejor este período literario, habrá que tener en cuenta la situación política española, y su repercusión en las colonias españolas de América:

A partir de 1812 Fernando VII y posteriormente su hermano Carlos establecen un sistema que restablece el Consejo de Castilla, las capitanías generales, y destituye a los alcaldes; regresa la Compañía de Jesús, se reaviva la Inquisición y se persigue a los ‘afrancesados’. La nobleza acaparó entonces la propiedad de la tierra, el campesino se convertía en un asalariado más y se beneficia la burguesía. Esta última se alía con la nobleza, y de alguna manera no se termina de concretar la revolución burguesa que se da en otros países de Europa. Luego de marchas y contra marchas y de varias revueltas, que no es nuestro objeto analizar, en 1820 militares liberales encabezados por el teniente coronel asturiano Rafael de Riego (1785-1823) proclaman la Constitución de Cádiz, que es apoyada en diferentes puntos de España, por lo que el rey se ve obligado a aceptarla.

Con la vuelta de los liberales, el rey y sus adeptos se agrupan en el Partido Realista, que en Cataluña establece un bastión para la restauración absolutista.

En el orden jurídico se crea el primer Código penal moderno, se realizó el primer esbozo de división provincial de España y se estableció el servicio militar obligatorio.

En el orden económico se abolieron las aduanas interiores para facilitar el comercio, se eliminaron los privilegios de los gremios favoreciendo la libertad de industria, se desamortizaron bienes de la Iglesia Católica y se reformó la hacienda pública siguiendo algunos de los criterios de la ilustración.

En el orden social se volvió a limitar el papel de la Inquisición que había sido reactivada por Fernando VII y se puso en marcha la educación pública gratuita en tres niveles, incluido el universitario.

Como no podía ser de otra manera, la reacción no se hace esperar. En 1822 la Santa Alianza decide intervenir en España, al igual que había hecho en Nápoles y Piamonte, y el 22 de enero se firma un tratado secreto que permitirá a Francia invadir España.

Es importante destacar que este proceso liberal, que impidió el embarque de tropas españolas para América (pues en su seno mismo se produjo el alzamiento liberal contra el absolutismo), permitiría el desarrollo y consolidación de los movimientos independentistas en América en el plano militar.

El 1 de octubre de 1823, con el auxilio de las tropas francesas y del absolutismo europeo, Fernando VII vuelve a suspender la Constitución de Cádiz y declara ilegales y "nulos y de ningún valor" todos los actos de gobierno y normas dispuestas en el Trienio Liberal. Rafael de Riego, Juan Martín Díez «El Empecinado», Mariana Pineda y otros muchos liberales son ejecutados; el exilio vuelve a ser el camino de muchos de los que habían vuelto de Francia convencidos de las bondades del Trienio Liberal (Goya será el más claro exponente), y la represión alcanza a todos los rincones de la península.

La Inquisición se ve superada por los Tribunales de Fe Diocesanos, instrumento creado por el ministro de Gracia y Justicia, Francisco Tadeo Calomarde, para extender la represión a todos los órdenes.

El imperialismo español intentó entonces revertir el resultado de las luchas independentistas en América, y salvo escasas excepciones (Cuba y Filipinas), no lo logra y sus tropas son derrotadas definitivamente por los pueblos americanos.

Hacia 1832 la crisis económica y el problema sucesorio se plantean en toda su crudeza en España. Los intentos por liberar la economía dentro de un régimen absolutista fracasaron. A ello se suma el problema sucesorio. La enfermedad del rey había convertido a María Cristina de Borbón en Regente. Se buscó la alianza con los liberales a cambio de la promesa de que con su hija Isabel se retomaría un rumbo constitucional moderado de corte liberal. La muerte de Fernando VII en 1833, la auto proclamación de Carlos como rey y el mantenimiento de la princesa Isabel como legítima heredera, abrirá el periodo de las Guerras carlistas por la sucesión de la corona, y el fin del período absolutista.

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