viernes, 3 de abril de 2009

Un escritor que no necesita librería

Se sabe que en los trenes se pueden conseguir desde caramelos hasta herramientas, pero hasta ahora ningún escritor había salido a vender sus propias obras. Ninguno hasta que Zelmar Acevedo Díaz decidió recorrer la línea TBA ofreciendo sus creaciones, que además edita, arma y compagina. En 1999 fue reconocido con el Premio Casa de las Américas por la novela La dama de cristal, pero este no es el único premio.
Las obras de Zelmar Acevedo Diaz se puede leer en España, Cuba y Uruguay. Franja de Honor de la SADE y Premio Manuel Llano (Santander) en narrativa breve, en 2001, el prestigioso Casa de las Américas dos años antes, el escritor ofrece sus cuentos de San Isidro a Belgrano, todas las noches.

La experiencia de armar su obra y ver como los lectores la leen es difícil de encontrar entre la mayoría de los escritores. Su primera novela la escribió a los 23 años. pero hoy reniega absolutamente de ella. Saquemos boleto, amigo lector y viajemos para conocer a Zelmar Acevedo Díaz.
En este reportaje, el escritor cuenta cómo se inició en la literatura desde la adolescencia, sus géneros preferidos, algunos avatares de la vida, y las razones que lo llevaron a los vagones de TBA a difundir y vender su literatura.

-¿Recuerda cómo fue que empezó?
-Recuerdo que empecé a narrar en unas vacaciones de verano en una estancia de unos tíos en la provincia de Buenos Aires. Pasaba los veranos enteros con mis primos, y con mi hermano habíamos formado un club de fútbol, jugábamos al Vóley, nadábamos, andábamos en bicicleta. Nos habíamos apoderado de una de las habitaciones de la estancia y de noche nos encontrábamos, y yo contaba historias, oralmente, otras les contaba películas que había visto, las transformaba en cuentos. Ese fue el origen de mi predisposición a narrar, que después trasladé a la literatura.
-¿Y después?
-Empecé a estudiar la carrera de técnico en corrección de texto, para iniciarme en el periodismo, entrar a algún periódico. Y eso vino acompañado de un descubrimiento de la literatura iberoamericana. Me acuerdo de que por esa época comencé a leer autores iberoamericanos. Me inicié con (Mario) Vargas Llosa, y con una novelita del tamaño de La guerra del fin del mundo, que para mi es una de las más grandes novelas épicas que se hayan escrito en nuestro continente.
-¿Cambió su visión, al contar con estos nuevos elementos?
-Allí tuve un profundo cuestionamiento de todo lo que había escrito hasta ese momento. Y empecé con un cuento que, después, sobre la base de esta crítica feroz que yo siempre me hago, vi que estaba muy mal escrito como cuento y que quedaba para una historia más amplia. En la sintaxis, en el tratamiento del tema, en la comunicación entre el lector y el autor. Empecé a descubrir todos los defectos, algunos rescaté.
Con, La dama de cristal, Acevedo Díaz terminó ganando el premio Casa de las Américas (La Habana, Cuba), de novela, en 1999. Fue finalista de varios certámenes nacionales e Internacionales. También escribió la novela Grupo de Elite. Ambas novelas son consideradas por el autor "muy políticas". Y en teatro escribió Crónicas un tanto extrañas y Jaque a la dama.
Zelmar hace todo el proceso, salvo imprimirlo. Arma en la computadora los originales, los pliega, los compagina y los abrocha. "El imprentero me da las hojas en las cajas y yo lo armo. Un tratamiento del autor al lector es imposible. No hay puentes", explica y sigue la conversación
-¿Cómo es que llega a los trenes?
-Lo que ocurrió fue que me presenté en todas las editoriales y periódicos y nadie me respondió. Después iba a estudiar encuadernación industrial y había dos muchachos anotados y no se dio. Me comuniqué con un encuadernador artesanal y trabajé un año con él, le ofrecí trabajar gratis a cambio de aprender el oficio. Y me puse a trabajar.
-Estaba en plena búsqueda...
-Entonces, en el año 91 aparecen colecciones y fascículos, con lo cual de diez o quince tomos que recogía en la bicicleta por los quioscos pasaron a ser 100 por día. Me asocié con un primo con taxi, la cuestión es que tuve un taller de encuadernación como 15 años. Me fue bien, pero se vio afectada mi literatura. Eso me molestó mucho. Cuando dejaron de sacar los fascículos el taller quebró.
-Era empezar todo de nuevo...
-Me vi desocupado pero no me desesperé, porque con tantos oficios y además con energía. Y se me ocurrió. Empecé a imprimir mis cuentos. Al principio salí a venderlos a la calle, en Corrientes y San Martín, en la Capital. Pero a cada persona que me acercaba era como si me acercara armado para arrinconarlo contra la pared. Después los ofrecí en los bares, en esta misma zona. Pero la gente estaba en otra, charlando, no leían. Y una noche me pregunté ¿qué pasará en los trenes? Que la gente allí no hace nada, mira por la ventanilla, lee, habla por teléfono, pero está más predispuesta a hojearlos a ver de qué se trata.
-¿Cuáles son sus mejores lectores?
-Los jóvenes tienen la frescura de indagar en cosas muevas. Me impresiona hasta el día de hoy que paso por los vagones a recoger los cuadernillos o a cobrar, ver a la gente leyendo. Algo que por regla general el autor no tiene la oportunidad de presenciar. O cuando uno te dice que se pasó de estación leyendo. Es muy satisfactorio.
-¿Es de hablar con los pasajeros-lectores?
-La gran sorpresa fue cuando me vuelvo a encontrar con los pasajeros y empiezo a enterarme de cosas, comentarios, preguntas, criticas. Algunos me dicen que retomaron la lectura que era un hábito que habían perdido. Me dicen que no son lectores.
-¿Cómo planeó la venta?
-Desde el principio encaré una venta muy personalizada, asiento por asiento, no es que me puse a gritar desde una esquina para que se supiera que no ofrecía un panfleto evangelista o un volante publicitario, sino un cuento. Y empecé a trabajar de noche vendiendo cuando los otros se están yendo, más tranquilo. Hay clima menos denso que de día con los otros vendedores, que cuidan su lugar como un espacio vital. Los trenes están más descongestionados. Puedo transitar en el vagón. Permanentemente produzco e imprimo.

3 comentarios:

Sandra Pasquini dijo...

La experiencia de quien escribe y se da a conocer en esta forma, interviniendo el espacio de tamaña manera, merecen sin duda mucho más que un "interés pasajero"

gustavo dijo...

Bravo Zelmar! Lo tuyo es verdadero amor por la literatura. Digno de admiración Bravo Zelmar! Gustavo

Carlos dijo...

Hola Zelmar soy el hermano de Daniel Rossi - te mando saludos y comentarte que admiro tu trabajo