martes, 16 de marzo de 2010

Clases particulares

Alejandrina Bujalis es una joven periodista que escribió este cuento para colaborar con nuestro blog.

Cada año iban y venían, siempre había uno en el montón. Tenían la sabrosura de la adolescencia y la rubia quería comérselos hasta quedar harta.
Cuánto y cuántos pasaron, en estos cuatro años, pensó la rubia. Por curiosidad, para aprobar la materia o por calentura. Ya no buscaba el amor, se ama de verdad a la edad de los que llevaba en el coche de vez en cuando, desde hacía cuatro años. Los convencía rápido entre miradas de quinceañera y unas cuantas tocaditas en los rincones ocultos del colegio.

Estacionaba el coche en el mismo lugar, por costumbre o porque era un lugar neutral, estaba lejos de las miradas que le pudieran decir a su marido lo de miércoles y jueves. Su marido nunca se daba cuenta, todo el día en la agencia, tantos números y tantos autos. Ya no eran un matrimonio sino una sociedad lucrativa. La mujer se miró en su espejo retrovisor, se pinto los labios churrasqueados por inyección. Por un momento, en algún lugar que ella sabía, las arrugas se borraban sin necesidad del botox.

Lo suyo no era restar ni sumar sino calcular el cómo y el cuándo de las clases particulares.
Estacionó el auto, para subir en el otro, el pendejo que la estaba esperando sentadito en la zapatería. El sol pegaba fuerte sobre el asfalto a las dos de a tarde. Llamó para no ir al colegio, causas particulares, dijo. El alumno, su alumno ejemplar de cuarto año de industrial, faltaría, pero a taller. Diría que se fue con una chica de jumper y zapatos guillerma.
Nadie por la cuadra. Subieron los dos juntos al otro auto, y fueron a un telo de Panamericana para las clases. El pibe la trató como a una quinceañera, ésa que después les diría a sus padres con quien salió, para que la mentira no fuera tanta. Y en la habitación llena de espejos y sábanas sospechosamente limpias, pensó, bizarra ocasión para hacerlo, por qué los hombres no conservaban el corazón de los 17.

Lo dejó a la altura de la colectora, le dio monedas para el colectivo y llegó con la sonrisa que le pesaba en sus labios plásticos. El pibe se había sacado un ocho cincuenta y a ella le duraría el efecto.

Bajó del coche cubierta con unas enormes gafas; la esperaba el auto gris, ése que llevaba al colegio, vio algo en el limpiaparabrisas: “Tenemos que hablar, te espero en casa.” Se desvaneció en sus jeans enfundados en su cuerpo de gimnasio y sintió tragarse un vaso de agua con gillette.
Enfrente, los remiseros reían, hacia cuatro años que iban y venían viendo como la profe del industrial llevaba a los alumnos a las clases particulares. Uno de ellos, el tano, puso el cartelito en el coche por broma o de calentura al ver que una mujer de su edad jamás la daría bola.

Llegó a su casa, tiró las llaves del auto y respiró al ver que su marido no estaba. Lo esperó fumando. Respiró cuando le dio un beso como todas las noches. La sensación de aire volvió a su boca.
Esa semana pidió licencia, total ya había cerrado todas las notas.

Alejandrina Bujalis

2 comentarios:

gustavo dijo...

Muy buen cuento Alejandrina. Abrazo

sergiociccariello dijo...

ME GUSTÓ MUCHO. TE FELICITO. SALUDOS.